martes, agosto 14, 2012

Diez Mujeres



Diez Mujeres, de la escritora chilena Marcela Serrano, llegó a mis manos una tarde de sábado mientras caminaba por la zona de restaurantes de mi ciudad. Buscaba, como siempre, un rincón acogedor donde leer con calma, tomar un trago y disfrutar de mi propia compañía.

Muy cerca había una librería y decidí darme un regalo. Cada vez que entro a una me sucede lo mismo, la emoción me oprime el pecho y quisiera llevarme veinte libros a casa. Luego recuerdo la pila que me espera en mi mesa de noche, pacientes, aguardando su turno. Aun así, ese día quise sumar uno más a mi colección para estrenarlo de inmediato, y Diez Mujeres se cruzó en mi tarde de antojos.

El libro cuenta la historia de nueve mujeres y su terapeuta, quien un día decide reunirlas para compartir sus vidas. La idea me pareció fascinante. No me encantó la estructura, porque la autora presenta cada relato como un monólogo en lugar de entretejerlos, pero aun así he disfrutado cada testimonio. Y es precisamente de uno de ellos que quiero contarles hoy.

Simona, una mujer de sesenta y un años, intenta rehacer su vida después de un divorcio. Sabe que su exesposo fue y seguirá siendo el gran amor de su vida, aunque su relación estuvo marcada por los altibajos y la pasión desbordada. Casi al final de su relato describe con una serenidad conmovedora cómo ha aprendido a disfrutar su soledad. Leyéndola, sentí que podía transportarme a esa calma suya, a esa vida en exilio autoimpuesto que no suena a renuncia, sino a redescubrimiento. Quise compartirlo porque, de alguna forma, también me habló a mí.


 “... Necesitaba un inmenso horizonte, necesitaba el mar. Y el minimalismo. Hacer la carga más liviana. Supongo que esa línea simple y eterna que da el horizonte al océano me marcaba un camino. Una acumula muchas cosas en cincuenta y siete años, desde muebles hasta relaciones.  Desde conocidos que pasan por amigos hasta adornos en las mesas. Decidí despojarme.
Me compre un departamento en la playa mas linda de Chile.  No quería una casa, ya no estaba para esos trotes…
Me gusta mi nuevo hogar. Lo miro largamente – me he puesto contemplativa con los años – y le doy connotaciones fantasiosas según el día. 
Me hago cargo de mi misma y siento que es la primera vez. Todo esta en mis manos.

Cuando me da lata cocinar como pan y queso – mi comida preferida, siempre con una copa de vino tinto –. Hay atardeceres en que me instalo en mi terraza con un trago en la mano a no hacer nada.  Solo miro.  Reitero, me he vuelo contemplativa.  La inacción me atrae y eso me resulta nuevo.  He aprendido a meditar, lo hago con disciplina cada día y el resultado es inesperadamente positivo. ¿Cómo no aprendí antes?

Las mañanas son muy productivas, amanezco enérgica e inteligente porque he descansado bien.  Me gustan las mañanas y, cuanto más invernales, mejor. La lluvia es mi situación climática preferida. Su sonido antiguo me resulta musical. No es que me guste mojarme o caminar bajo ella de forma hollywoodense, sino que algo me sucede con la situación de frío afuera y calor adentro, si una está tras el ventanal, lánguidamente envuelta en un throw, abrazando a Bungalow Bill (mi perro) y observando las olas. Nunca soy tan feliz como entonces. Me guardo, me arropo mientras la naturaleza hace de la suyas; quizás este placer tiene que ver con la sospecha de que le he ganado a la intemperie.  Entonces compadezco a todas las mujeres que están vendiendo el alma para sujetar al objeto simbólico. Me dan ganas de gritarles: la vida puede ser plena sin una pareja, ¡basta! 

No estoy sola cuando estoy sola...”

Diez Mujeres, Marcela Serrano

No hay comentarios.:

Publicar un comentario