sábado, octubre 07, 2017

 




Relatos de una tarde gris
Ejercicio - Perspectivas (Taller NOS)


El accidente

Martha cruza la calle sin la precaución de siempre. La mezcla de enojo, frustración y ansiedad no dejó espacio para la prudencia aquella tarde de abril.

No vio el Honda azul que dobló con prisa en la esquina. Escuchó el rechinar de las llantas y el grito seco del vendedor de shucos a media cuadra, pero ya era tarde para evitar el impacto. Sintió el golpe primero en sus piernas y luego en la espalda, antes de que su cuerpo volara varios metros.

César, un joven que envejeció en cuestión de segundos, se bajó del vehículo apresurado. En su rostro se leía la angustia y el presentimiento terrible de haberle quitado la vida a alguien. Le temblaba todo el cuerpo. No encontraba fuerzas para acercarse, pero al fin lo hizo, rezando un Padre Nuestro.

Josué, el vendedor de shucos, fue el primero en acercarse a Martha. Le sostuvo la cabeza y trató de hablarle,  ¿Qué siente? ¿Qué le duele?. Se voltea hacia César y le gritó que llamara a una ambulancia.

Martha intentó balbucear unas palabras, pero no pudo. El sueño y el calor la invadieron, mientras su cuerpo se negaba a responder.

César, paralizado, no hallaba su celular. Josué pedía ayuda, pero nadie se acercaba. Martha cerró los ojos y se desmayó.


César

Colgó el teléfono agobiado por los pendientes de la boda. Aunque había repetido muchas veces a Sara que eligiera lo que quisiera, ella necesitaba su opinión en cada detalle. Esta vez tenian que aprobar la impresión de las invitaciones. Quedaron en la imprenta a la una y media y ya iba tarde.

Tomó su saco, el celular y salió corriendo al parqueo. El tráfico en la calle principal lo obligó a tomar una auxiliar. Sara lo llamó de nuevo; al contestar, el celular se le resbaló de las manos. Trató de recuperarlo, maniobrando el timón al mismo tiempo. Cuando levantó la vista, alcanzó a ver una figura frente al carro. Ya era tarde.

Frenó. Escuchó un grito y luego el golpe del cuerpo contra el vehículo. Fueron segundos que parecieron eternos. Vio el cuerpo elevarse por el aire en cámara lenta.

Bajó temblando. Rezó un Padre Nuestro, suplicando que la mujer estuviera viva.

El vendedor de shucos le gritaba que llamara a una ambulancia, pero César no encontraba el celular. De pronto sonó, era Sara. No supo si contestar o colgar. Miró a la mujer tendida en el pavimento y sintió que el alma lo abandonaba. ¿Habría muerto? ¿Cómo le explicaría a Sara que tal vez no habría boda, que las invitaciones tendrían que esperar?


Martha

Era uno de esos días en que un presentimiento aconseja no salir. El mismo cielo lo anunciaba. En pleno abril, el día estaba frío y nublado.

Su jefe la llamó antes del mediodía. La ansiedad y el miedo no la dejaban concentrarse. Entró a la oficina y vio un par de cartas sobre el escritorio. Lo que temía se cumplió. Durante los quince minutos que duró la conversación, solo escuchó con claridad tres palabras; despido sin indemnización. 

Sintió que la vida se derrumbaba. Firmó los documentos y salió sin protestar. Necesitaba caminar, pensar en cómo pagar el colegio de su hija, inventar una nueva excusa para su madre. El cansancio mental y físico la abrumaba. Se sentía de nuevo peleada con la vida y con Dios. Deseó desaparecer, sentirse ligera.

Enojada y frustrada, caminaba sin rumbo. Cruzó la calle sin mirar a los lados. Un carro apareció frente a ella. Escuchó un grito. Sintió el impacto.

Abrió los ojos y un hombre le hablaba, pero no entendía. Tenía sueño y mucho calor. Quiso hablar, pronunciar el nombre de su hija, pero el cuerpo no respondía. Recordó su deseo de hace unos segundos y en pensó en Dios, que mal momento pra escuchar sus peticiones. 

Sintió un escalofrio, miro el cielo y las fuerzas la abandonaron.  


Josué

No era una buena mañana. Los días nublados espantaban a los clientes. Nadie quiere salir a la esquina a comprar un panito cuando parece que va a llover.

Josué estaba preocupado, las últimas semanas no habían sido buenas. Entre deudas y cuentas pendientes con el dueño de la carreta, apenas podía dormir. Pero confiaba en su fe. Quince días antes había visitado al Cristo Negro de Esquipulas, pidiéndole bendición para este negocio. No tenía otra opción, en San Marcos no había trabajo y esta era su unica oportunidad. 

Al mediodía, cuando esperaba más clientela, seguía sin vender. Una mujer se acercaba distraída. Le ofreció un panito o una tortilla, pero ella no lo escuchó. Un instante después, al cruzar la calle, un carro azul apareció. 

Josué gritó: ¡Seño, cuidado!. Demasiado tarde. El golpe seco lo paralizó. Corrió a tratar de ayudar, le hablaba, pero ella no reaccionaba.

El conductor estaba en shock. Josué le pidió que llamara una ambulancia. Nadie más quiso acercarse. 

Mientras trataba de mantenerla consciente, pensó en las consecuencias, está siendo testigo de una posible muerte;  la policía, los interrogatorios, la posibilidad de perder el negocio. Aun así, tomó la mano de la mujer y rezó en silencio al Cristo Negro, que nunca le había fallado.



sábado, septiembre 30, 2017

 

MI CITA DE LOS JUEVES
Ejercicio de Escritura... (Taller NOS)

El tráfico cada día está peor en esta ciudad. Detesto llegar tarde a mi clase de pintura, es mi momento sagrado, el único que siento solo mío.

Entro corriendo, busco en las mesas de en medio, nuestro lugar habitual, pero no la veo. El corazón se me oprime, un vacío me aprieta el estómago. Cinco minutos hicieron la diferencia entre llegar a tiempo o perderme el encuentro más esperado de la semana.

Una mano roza mi espalda, como saludando. ¡Es ella!

- Hola, pensé que no lo vería hoy. ¿Todo bien? me pregunta con su cara angelical.
Le aparté un lugar en mi mesa. Venga, tiene que alcanzarnos.

Sonrío. La vida me vuelve al cuerpo, pensé que no la vería. 

- Muchas gracias, respondo. Mi expresión se relaja solo con verla. Temí quedarme hasta atrás, donde mi vista ya no alcanza. 

Coloco el maletín en la mesa, saco pinceles y acuarelas. Me dispongo a ponerme al día. Le pregunto qué han hecho y, como siempre, ella me explica con paciencia. Me guía.

No imagina lo importante que me hace sentir. Quisiera ser yo quien la ayudara, quien la guiara. Agradezco su empatía con estas canas, es mi excusa perfecta para compartir un rato con ella.

- ¿Y la familia? ¿Los niños? ¿Cómo le fue a Sara en el examen de piano?, le pregunto.

- Bien, me responde, un tanto desanimada. Mi esposo no logró llegar de nuevo por el trabajo y ella se sintió decepcionada. Pero es muy buena, estamos muy orgullosos.

- ¿Y Juan Diego? ¿Todavía deprimido por el cambio de sección? sigo preguntando como entrevistándola, tratando de meterme en su intimidad cotidiana. 

Me mira sorprendida. Qué buena memoria, me responde. Gracias por recordarlo. Ahí vamos, peleando para que se adapte, pero le cuesta. Tendrá que acostumbrarse; no queda otra.

Estas migajas de conversación me permiten imaginar su vida. Cuánto daría por ser parte de esa rutina. Quisiera preguntarle más, ¿Cómo la trata Sebastián, su esposo? ¿Será feliz? ¿Necesitará algo?. Que ganas de resolverle la vida. Me arde la impotencia de no poder ahondar en sus pensamientos.

- ¿Y usted?, me pregunta. ¿Cómo va ese corazón? ¿Ya conoció a alguien interesante?

Sonríe. Esa sonrisa que ilumina.

Yo también sonrío. Cuánto quisiera decirle que el único cariño que necesito es el suyo, que una milésima de su corazón bastaría para darle sentido a mi vida. Pero no puedo.

- No, imagínese. ¿Quién va a querer estar con un viejo achacoso? A mi edad uno ya no piensa en esas cosas. La lectura, mis pinceles, los recuerdos y algunos remordimientos llenan mis días.

- Necesita compañía, responde con ternura. Acérquese a su familia, verá que bien le hace.

Respiro hondo. Es una verdad que no puedo negar.

Mira el reloj, es hora de marcharse. El corazón me late con fuerza. Cada jueves me prometo invitarla a un café, o pedirle que me ayude con la técnica otro día. Pero cuando llega el momento, la valentía se me escapa.

- Me voy, dice apresurada. Tengo que recoger a los niños en casa de mi suegra o me tocará aguantar caras largas. Ojalá nos veamos el próximo jueves; si puedo, le guardo de nuevo un lugar. Qué gusto verlo.

Se despide con una palmadita en la espalda. Yo espero el día en que se anime a despedirse con un beso. Un par de veces me estrechó la mano y yo respondí tímidamente, el roce piel con piel me dejó paralizado.

La veo marcharse. Y en mi mente repito las palabras que algún día, espero, podamos ambos pronunciar:

- Adiós, hija.

Y que ella me responda:

- Adiós, Papy. Te veo mañana.

sábado, septiembre 23, 2017

 


Vocación

Ejercicio Claro-Oscuro de un Personaje (Taller Nos)

Un nuevo día. Doy gracias a Dios por ello. Siempre he pensado que un día es una vida en miniatura. Me permite volver a empezar, reinventarme, intentar ser mejor persona.

Desde que inicié esta profesión estoy convencido de que es mi vocación. Ayudar, servir, escuchar las historias íntimas y reveladoras de desconocidos. Comprender cómo nos flagelamos por nimiedades y dejamos de lado lo esencial. Siempre me gustó el silencio, pasar tiempo conmigo mismo. Y en este lugar, donde paso casi las veinticuatro horas, respiro esa paz que inunda el alma y fortalece.

No siento las horas. Hay tanto que hacer, tanto que acompañar. Los talleres con niños los fines de semana, la comida para los indigentes los lunes y viernes, las reuniones con el alcalde para recordarle promesas que se olvidan después de la campaña. Todo el día desfilan personas por mi oficina, algunos con peticiones, otros en busca de consejo o simplemente de alguien que los escuche. Se demanda mucho de mí, pero lo hago con gusto. Es mi pasión, y poder vivir de lo que amo es un regalo de la vida. ¿Cómo no sentirme agradecido?

Pero llega el sábado por la noche y despierta en mí otro ser. Como un hombre lobo dejo atrás esta piel de humano que me aprisiona. Me libero, me convierto en bestia. Estoy tan acostumbrado a contener mis pensamientos y deseos que ya es un hábito, casi un estilo de vida. Luego me detengo y pienso, esto también es amor. No el convencional, no como lo dictan las buenas costumbres, pero amor al fin.

Desde niño supe que era distinto. A los catorce despertó en mí el deseo, y tuve mi primera experiencia. Aún recuerdo su olor, la suavidad de su piel, esos instantes clandestinos que solo caben en la memoria de dos. A los dieciocho decidí entregarme por completo a mi vocación, era mi salida, mi escondite, mi manera de alejarme de un mundo que no entendía y que tampoco me entiende, donde mis pensamientos y mis gustos son prohibidos.

Hoy mis tiempos de libertad se reducen a unas pocas horas los fines de semana. Nos reunimos en el mismo apartamento, los de siempre, los conocidos, los que tenemos lo mismo que perder si algo se filtra más allá de esas cuatro paredes. A veces me asalta la culpa, pero no me dura. Doy tanto a los demás que siento que me merezco este espacio para ser quien soy en realidad. Tomé algo de dinero de caja chica para comprar el vino y los quesos que llevé a la reunión. Nadie lo nota; la auditoría también es parte de mi trabajo.

Entro y saludo. Todas son caras conocidas. Y entonces lo veo. El corazón me delata. Nos alejamos del grupo y nos entregamos a lo nuestro.

Domingo, seis de la mañana. Me levanto apurado, con la resaca del vino y el desvelo. Debo reponerme, ponerme el disfraz con el que soy reconocido y respetado. Olvidé la sotana blanca. Tengo que dar misa a las siete.

Dios bendiga mi semana.

viernes, agosto 11, 2017

 


LA ESPERA
Ejercicio de Escritura... (Taller NOS)

Solo una noche más, me repito mentalmente. Pero esta idea me acompaña las veinticuatro horas. Es lo primero que pienso al despertar y el último pensamiento que me arrulla en estas noches interminables de insomnio.

Nadie lo sabe. No he tenido el valor para compartirlo. No sabría por dónde empezar ni cómo articular las palabras. Siento que si salen de mi boca se volverán reales… y aún no sé cómo afrontarlo.

Las manos me sudan todo el tiempo. La ansiedad se instaló en mi pecho y me cuesta respirar. Mareos, náuseas, pensamientos en espiral, me están arrebatando la paz, la cordura, mi futuro.

Dormí poco. En mi cabeza estudié mil escenarios posibles y cada uno era peor que el anterior. ¿Por qué este masoquismo? ¿Por qué me castigo? ¿Por qué yo?

Me paro frente al espejo. Me veo perfecta. Qué ironía. Es la primera vez que me observo completa y no tengo queja alguna. Me gusto. Me contemplo. Me despido.

Llego a la oficina. La gente pasa, comenta, sonríe, sigue viviendo. Nadie sospecha que para mí la vida está en suspenso.

Reviso mi carpeta de recibidos. Busco desesperada ese único mensaje que importa. No llega. “A primera hora lo recibirá”, me dijeron. Ya son las once. Decido llamar pero me acobardo. El tiempo detenido alarga esta agonía.

¡Por fin! Ahí está. Tanta espera y ahora, frente a mí, a un clic… no encuentro las fuerzas.

De nuevo las palpitaciones. El sudor se intensifica. Siento el cuerpo dormido, la vista nublada. Me levanto a buscar un vaso de agua y apenas puedo coordinar mis pasos. La gente a mi alrededor se mueve en cámara lenta. Me preguntan si estoy bien; me ven pálida. No logro contestar, solo hago una mueca para tranquilizarlos.

Regreso al escritorio. Respiro profundo. ¡No puedo! El aire me falta. Una mezcla de calor y frío recorre mi cuerpo. Estoy paralizada, pero tengo que hacerlo.

Abro el mensaje. Leo:

- Positivo -

Siento cómo el espíritu abandona mi cuerpo. Por un instante me invade una paz extraña. La certeza es menos cruel que la incertidumbre. Miro el reloj. El tiempo vuelve a correr. Tengo reunión a las doce.


jueves, julio 13, 2017

Necesito...


Hoy me regalo un momento para aquietar mi día agitado, para bajar el ritmo y detener la espiral de pensamientos y emociones que me oprimen el pecho.

Necesito sentirme liviana de nuevo. Estos últimos meses han ido llenando la mochila en mi espalda, hasta volverla tan pesada que ya no me deja avanzar.

Hoy quiero liberarme. Hacer limpieza en mi equipaje y quedarme solo con lo esencial. Necesito ser consciente de mis pensamientos, de mis miedos, de mi cuerpo… y recordar que mi bienestar es prioridad.

Dejo que la fe y la gratitud fluyan, que sean ellas quienes me liberen de la preocupación y la ansiedad.

Calma. Paz en el alma. Es lo único que necesito.

lunes, julio 10, 2017

Viajes en Tren




Vino a mi mente el recuerdo del tren en Guatemala. De niña, mi mejor compañera de viajes era mi abuela materna. Ella y su familia son de un departamento del interior del país, y en esos años el tren todavía funcionaba. Por alguna razón le encantaba hacer ese trayecto largo y cansado hacia “su tierra”, como ella la llama, en aquel único y memorable transporte.

Hoy el tren ya no existe. Solo nos queda como vestigio un museo en el centro de la ciudad, donde todavía pueden recorrerse los viejos vagones y la locomotora original. Vale la pena visitarlo.

Recuerdo aquellas madrugadas, levantándonos temprano para estar en la estación a las siete. Había que llegar con tiempo para conseguir asiento en uno de los primeros vagones. No eran cómodos. Viejas bancas de madera que rechinaban tanto como las vías del tren. Aún guardo en el cuerpo el sonido inconfundible del tren y el vaivén del viaje que duraba ocho horas hasta nuestro destino. Pero el camino se hacía entretenido. En cada estación subían vendedores ambulantes con frutas, dulces o comidas caseras. Yo, por supuesto, aprovechaba para chantajear a mi pobre abuela y probar todas esas delicias. Todavía hoy, ciertos aromas o sabores me transportan de golpe a esos días.

Lo más emocionante era la llegada. Una pequeña estación deteriorada en un pueblo diminuto que ni siquiera aparecía en los mapas. Pero la llegada del tren, sobre todo los fines de semana, era un acontecimiento. La gente se reunía como si fuese una fiesta. Allí nos esperaba toda la familia, emocionada, como si viniéramos de un largo viaje del extranjero. Todos se apresuraban a ayudarnos con las maletas y con los regalos que mi abuela llevaba siempre. Era un recibimiento cálido, alegre; una celebración inolvidable.

Fueron momentos sencillos, familiares, que permanecen guardados en el inconsciente aunque a veces parezcan dormidos. Recuerdos acogedores que, al evocarlos, dibujan una sonrisa y encienden una ilusión en el corazón.


jueves, junio 15, 2017

Mi Yo-Yo en el Pelo



Últimamente siento los recuerdos a flor de piel. Anoche, al contemplar un cuadro que compré en Coyoacán, México, en abril de este año, me invadió la nostalgia por aquellos días de inocencia y ligereza en la infancia, cuando todo parecía sencillo, lleno de ilusión y sorpresa.

El cuadro muestra a una bailarina amarrando sus zapatillas de ballet. De niña estudié cuatro años en la Escuela Nacional de Danza, y aún guardo vivos esos días tan ajetreados como emocionantes. Me fascinaban mis clases. Cada tarde, después del colegio, tres horas de ensayo que hoy me parecerían agotadoras, pero que entonces colmaban mi corazón. No sentía pasar el tiempo. Todavía puedo evocar el sonido del piano, el ritmo marcado en los pisos de madera, mi leotardo negro con medias rosadas y mi cola alta con un moño apretado. 

Ese pequeño moño guarda historias preciosas con mi padre. Una vez a la semana me recogía en el colegio, almorzaba conmigo y luego me llevaba al ballet. Siempre elegíamos algún restaurante cercano. Para él era toda una odisea cambiarme en los baños estrechos de esos lugares; pero lo peor llegaba al momento de peinarme. No sabía hacerme el yo-yo ni colocarme la redecilla. Entonces interrumpía, con mucha pena pero sin vergüenza, a alguna señora que comía tranquila, y le pedía ayuda.

Cuántas manos ajenas y desconocidas peinaron mi pelo y cuántas sonrisas de ternura y empatia recibía mi padre a cambio. Él contaba la historia un poco frustrado y con su característico humor.  Y al final, la misión siempre se cumplía. Yo entraba al salón con el uniforme completo y el peinado impecable.

Son recuerdos hermosos. Dos amores perdidos: el ballet y mi padre. Uno me enseñó la disciplina y la belleza; el otro, con sus gestos sencillos, me enseñó lo que significa amar sin reservas.

domingo, junio 11, 2017

Días Soleados




Qué triste está el día, solemos decir en mi país cuando el cielo se viste de nubes.  Tenemos instalado este concepto de que lluvia se asocia a la nostalgia, lo gris a la tristeza, y el sol y la luz a la alegría.

Siempre he disfrutado del sol. Sentir sus rayos sobre mi piel me llena de vida y energía, sobre todo después de una crisis de salud. Creo que esa sensación viene de la infancia. Durante años padecí asma, y cada recaída me condenaba a quedarme dentro de la casa, arropada entre cuatro paredes que sentía como una cárcel. El polvo y el viento podían agravar mi frágil estado, y mi abuela repetía una y otra vez que era mejor no salir.

Por eso, cuando la crisis terminaba y al fin podía volver a jugar, el sol era mi recompensa. Recuerdo esos días como el regreso a la normalidad, podía comer helado, salir con mis amigas, quitarme el suéter impuesto por mi abuela y sentir de nuevo la libertad en la piel. Y siempre o al menos así lo recuerdo, eran días soleados.

El sol y yo hemos mantenido una relación de amor y odio, otra ironía en mi vida. Me fascinan la playa y los días iluminados, pero él, como amante vengativo, me restringe nuestro tiempo juntos. Si me atrevo a desafiarlo, me castiga con piel enrojecida, irritada, con una alergia incomoda. Aprendí a vivir con esa distancia, a aceptar que no puedo entregarme del todo a él.

Así que lo disfruto desde la sombra. Lo miro a cierta distancia, dejo que la brisa tibia roce mi piel y me recuerde que, aunque nuestra relación no sea cercana, sigue presente en mi vida. Y me basta. Porque me recuerda que las crisis pasan, que los momentos difíciles terminan y que, tarde o temprano, vuelve a salir el sol, junto con la libertad, las ganas de jugar y la vida sigue.

sábado, junio 10, 2017

Un Recuerdo Gracias a la Tecnología



La tecnología nos ha hecho la vida más fácil… o al menos eso creemos. En un solo dispositivo caben teléfono, agenda, cámara, calculadora, álbum de fotos, despertador y miles de funciones más. Un clic basta para resolver lo que antes nos exigía esfuerzo.

Pero esa comodidad también ha cambiado nuestra mente. Ya casi no recordamos números de teléfono; no hace falta. Tampoco fechas de cumpleaños, una red social se encarga. Los álbumes de fotos ahora viven en la nube, con descripciones que cuentan dónde estábamos, con quién y cómo nos sentíamos. Allí quedan, supuestamente para siempre. Dicen que incluso al borrarlas, nunca desaparecen del todo. Y así, muchas de las cosas pequeñas pero trascendentales de nuestra vida se han vuelto impersonales, sustituidas por recordatorios y alarmas en un aparato que cabe en la palma de la mano.

Hoy, por ejemplo, Facebook me recordó un viaje familiar a Esquipulas, hace seis años. Con un solo clic pude volver a ver las fotos de aquel desayuno antes de visitar al Cristo Negro. Y lo agradecí, porque en esas imágenes aparece mi padre. Quién diría que un código mecánico de un programa en internet me permitiría regresar a ese momento exacto, a ese día con las personas más importantes de mi vida.

Hoy una de ellas ya no está conmigo. Me cuesta aceptar su ausencia; sigo en la negación. El dolor sigue allí y sé que seguirá. Tal vez, dentro de seis años, al volver a ver estas fotos, pueda recordarlo sin llanto, sin este profundo dolor en el pecho. Tal vez el tiempo haga cayo en la herida. Pero el vacío en el alma… ese nunca se llenará.

viernes, junio 09, 2017

Uno no se Recupera, Uno se Reinventa


Es mayo en mi país, y el clima parece copiar mis estados de ánimo. Nunca sé si lloverá o saldrá el sol, si el cielo estará gris o brillará con toda su fuerza.

Me dicen que es normal, que son las etapas del duelo, que el tiempo aligera las heridas. Pero yo no lo siento así. Al contrario. En mi corazón el tiempo cava más hondo, más doloroso. Los recuerdos se hacen más presentes y su ausencia duele cuando respiro. 

Hoy retomé la lectura del libro La ridícula idea de no volver a verte. Ya lo había leído en mi viaje a Chicago, en octubre del año pasado. Sin embargo, sentí un impulso extraño, casi involuntario, de volver a abrir sus páginas. Buscaba consuelo en las palabras de Rosa Montero, que se entrelazan con la vida y la pérdida de Marie Curie.

En la contraportada se lee con acierto: “Sentirás que ha sido escrito solo para ti.” Y en este momento de mi vida, realmente lo he sentido así. Por eso quiero compartir dos párrafos que describen con exactitud lo que yo no he podido expresar con mis propias palabras.


“Siempre, nunca, palabras absolutas que no podemos comprender siendo como somos, pequeñas criaturas atrapadas en nuestro pequeño tiempo.  ¿No jugaste en la niñez a intentar imaginar la eternidad? Eso es lo primero que te golpea en un duelo: la incapacidad de pensarlo y de admitirlo.  Simplemente la idea no te cabe en la cabeza. ¿Pero cómo es posible que no esté? Esa persona que tanto espacio ocupaba en el mundo, ¿Dónde se ha metido? El cerebro no puede comprender que haya desaparecido para siempre. ¿Y qué demonios es siempre? Es un concepto inhumano. Quiero decir que está fuera de nuestra posibilidad de entendimiento. Pero cómo, ¿no voy a verlo más? ¿Ni hoy, ni mañana, ni pasado, ni dentro de un año? Es una realidad inconcebible que la mente rechaza: no verlo nunca más es un mal chiste,  una idea ridícula”

”En los primeros días la gente te dice: - Llora, llorar es muy bueno -, y es como si dijeran: - Ese absceso hay que rajarlo y apretarlo para que salga pus. – Y precisamente en los primeros momentos es cuando menos ganas tienes de llorar, porque estás en el shock, extenuada y fuera del mundo. Pero después, enseguida, muy pronto, justo cuando tú estás empezando a encontrar el caudal aparentemente inagotable de tu llanto, el entorno se pone a reclamarte un esfuerzo de vitalidad y de optimismo, de esperanza hacia el futuro, de recuperación de tu pena. Porque se dice precisamente así: Fulano aún no se ha recuperado de la muerte de Mengana. Como si se tratara de una hepatitis (pero no te recuperas nunca, ese es el error: Uno no se recupera, uno se reinventa).  No es intención criticar a nadie al contar esto, Yo también he actuado así, antes de saber. Yo también dije: Llora, llora. Y tres meses después: Venga, ya está, levanta la cabeza, anímate. Con la mejor de las intenciones y el  peor de los resultados, seguramente. “

               Rosa Montero
               La ridícula idea de no volver a verte

jueves, junio 08, 2017

La Creatividad y mi Niña Interior



Sigo con los recuerdos de mi niñez. Parece una ironía, durante los últimos diez años apenas me detuve a pensar en ella, como si estuviera bloqueada por alguna razón. Y ahora, de repente, me invade como un tsunami inesperado.

Hace un par de años tomé un curso de creatividad que me cambió la vida. Confieso que, cuando me hablaron del tema, me entusiasmé creyendo que iría por la línea de la creatividad publicitaria, un mundo que siempre me fascinó. Reconozco que soy una publicista frustrada. Siempre soñé con pertenecer a ese universo poco entendido. Siempre me rodeé de amigas y conocidos que trabajaban en  agencias, productoras y medios que me parecía un entorno seductor. Pero la vida me llevó por otros caminos y pensé que este curso sería al menos una ventana a ese mundo platónico. No podía estar más equivocada.

El curso resultó ser de creatividad pura, nada teórica y mucho menos publicitaria. Una creatividad que te lleva a recordar tu esencia, tu niño interior, la curiosidad ingenua de la infancia. También te confronta con los momentos difíciles que marcan esa etapa, con los parteaguas que poco a poco nos arrebatan la inocencia y las ganas de vivir cada minuto como si fuera único.

A partir de esa experiencia entré en el mundo del coaching, que ahora me resulta fascinante. También encontré un grupo de amigas creativas que se volvieron una luz en mi vida. Hoy, al recordar mi niñez, pienso de nuevo en esos ejercicios semanales del curso, eran un regreso a lo esencial, a los años en que lo único importante era jugar.

Recuerdo que una semana me propuse recuperar esas pequeñas cosas que amaba de niña. Tomarme una granizada, disfrutar un helado de carreta, comprar una muñeca, sentarme en un parque a mirar la naturaleza, retomar mis lecturas solitarias, dibujar de nuevo. Eran placeres sencillos que no sé en qué momento el ruido de lo cotidiano me arrebató.

Hoy, en honor a esos días luminosos, me comí un elote loco. Y me supo glorioso. Quiero retomar esos buenos hábitos. Comer, hacer y pensar en lo que me haga sentir viva.

miércoles, junio 07, 2017

Recomendar un Libro



A los que somos lectores nos pasa, nos emocionamos con las historias que tenemos entre manos y quisiéramos que el tiempo se detuviera para no interrumpir la lectura, para no quedarnos en ese suspenso que oprime el pecho. Al menos a mí me pasa. Tal vez yo sea más intensa, pero un buen libro me hace llorar, reír, desesperarme; me arrastra por todas las emociones. Y entonces quiero recomendarlo a todo el mundo, compartirlo para que también se llenen de esos sentimientos que nos hacen vivir otras vidas. 

Me ocurre que a veces recomiendo alguno de mis libros favoritos a amigas. Me escuchan entusiasmadas, se contagian, pero al leerlo no sienten lo mismo, no se conectan como yo lo hice. Y casi lo tomo como algo personal. Con el tiempo entendí que todos percibimos y entendemos la lectura desde el sitio donde nos encontremos en ese momento de la vida, me ha pasado a mí, cuando releo un libro  me doy cuenta que le encuentro matices distintos de la primera vez que estuve en sus páginas.

Esta semana, mientras reorganizaba mis libreras, me encontré con tantas joyas olvidadas. Me dieron ganas de volver a ellas. Y ahora que estoy retomando también la escritura, quiero rescatar esa idea loca de escribir sobre los libros que me acompañan. No como crítica, sino como un párrafo, una página o una sola línea que haya resonado en mi corazón y que merezca ser contada.

Es tan gratificante estar frente a todas estas historias. Pienso en los años, pasiones y vidas que los escritores dejaron impresas en esas páginas para que llegaran hasta aquí, a una esquina de un librero de madera, en una esquina también recóndita de un país en Centroamérica.  Es un milagro pensar que terminarían en mis manos.

Tomaré uno al azar y empezaré otra historia, que estoy segura volverá a estremecerme. Y entonces decidiré si la recomiendo… o si la guardo solo para mí.