martes, agosto 14, 2012

Irina Darlée


El amor por la lectura lo heredé de mis padres. Desde que tengo memoria los vi devorar libros. Mi madre aprovechaba cualquier oportunidad para regalarme un libro de poesía o de autoayuda. No sé si era una indirecta para trabajar en mi autoestima, pero gracias a esos gestos descubrí el romanticismo, el drama del amor no correspondido y la curiosidad constante por el autoanálisis y por esa palabra escurridiza que llamamos felicidad.

También recuerdo que siendo muy niña, me fascinaba leer la columna de una periodista y escritora europea que se afincó en Guatemala en los años setenta. Durante veintidós años escribió, semana tras semana, en uno de los periódicos más importantes del país. Por un tiempo llegué a coleccionar sus columnas. Todas eran autobiográficas, melancólicas y al mismo tiempo salpicadas de ironía.

A mis treinta años tuve la oportunidad de conocerla. Estaba emocionadísima, la había leído y admirado desde hacía tanto. Pero aquella noche, en la presentación de su último libro, algo ocurrió, un detalle que hoy mi memoria ha borrado y no logré acercarme a saludarla. Días después, me enteré por los medios de su muerte. Recuerdo haberla llorado como se llora a una abuela. Tal vez porque sentía que la conocía, y porque no me perdoné no haberle dicho personalmente cuánto la admiraba.

Por eso decidí rendirle una especie de homenaje al comenzar este blog, porque leyendo sus columnas termine de enamorarme de los libros y las novelas. Gracias a ella descubrí ese mundo fascinante de la lectura que nos permite soñar, viajar y vivir muchas vidas en una sola.


Irina Darlée
Entrevista en la presentación de su último libro “Memorias de un Vago Ayer”.

Soy bastante optimista, enamorada de la vida en sí. Tengo amigos de hace 300 años, los clásicos. Tengo mucho amor por la naturaleza y aquí hay mucha todavía. Además, no me gusta la improvisación, ni los cambios bruscos, prefiero todo lo tradicional.

Yo cuento las cosas tal como las veo o tal como me lo dicta mi memoria sin tomar una sola nota. Antes escribía mucho en el asiento de un avión o en el lugar de los hechos, ahora escribo sin viajar a ninguna parte y comento los eventos, las tertulias o las fiestas cuando llego a casa. Necesito tranquilidad, y solo yo y mi máquina de escribir eléctrica, recordamos en silencio el mundanal ruido.

La memoria personal o individual del escritor adquiere un sentido social a través de su lenguaje y así su experiencia personal se convierte en colectiva, en una conciencia o experiencia de muchos.

“Somos el tiempo que nos queda y que nos hace lo que somos”

   Irina Darlée 1921/2008

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